Una barba muy femenina


De entre toda la producción de cuadros de José Ribera, sin duda, el que más llama la atención por lo inusual del tema es su obra “La mujer barbuda” que actualmente decora las salas del Hospital de Tavera en Toledo. Pero ¿de quién se trata?

La mujer barbuda es Doña Magdalena Ventura, natural de Accumoli en Nápoles, a la edad de 52 años. Doña Magdalena con 37 años vio cómo le comenzaba a crecer vello abundante y barba, relacionado con lo que hoy conocemos como hirsutismo, un trastorno de tipo hormonal, pero que en el siglo XVII debió ser todo un milagro de la naturaleza tal y como representa una inscripción en la lápida que hay en el lateral del cuadro.

En la imagen, tratada por Ribera con exquisito respeto y con cierto rigor científico, vemos a doña Magdalena posando con su vestido engalanado junto a su marido Felici di Amici y amamantando al menor de sus tres hijos. El semblante de doña Magdalena es serio, el de su marido también, quizás no contentos por la situación, ¡quién sabe!

Sobre las piedras de la inscripción, Ribera nos acerca un huso y una devanadera de hilo, símbolos en aquel momento de la feminidad, para dejar claro, por si hay vacilación, de que la retratada es una mujer. La tenue iluminación y el contraste con la sombra crean, sin duda, cierta tensión sobre el asunto. Técnicamente los personajes, sus manos, el pecho de doña Magdalena, los paños y objetos están tratados con absoluto naturalismo, que en contraposición con lo inusual del tema, marcan la diferencia con cualquier otro cuadro del pintor, destacando, eso sí, el carácter documental de la representación con total respeto.

El cuadro de la mujer barbuda fue encargado por su mecenas Fernando Afán de Ribera y Téllez-Girón, Duque de Alcalá y Virrey de Nápoles, quien al enterarse de la existencia de esta mujer, la invitó personalmente a palacio para contemplar la extrañeza y ser retratada por el pintor.El cuadro pasó por herencia a la colección del duque de Medinaceli hasta principios del siglo XIX, fue expuesto durante varios años en el Museo de Napoleón de París tras la invasión napoleónica pero una década después, por orden de Luis XVIII, el cuadro fue devuelto a España a la Academia de San Fernando, hasta que en 1829 lo recuperara otra vez la familia de Medinaceli.

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Mujeres artistas

Velázquez, Goya, el Greco o Tintoretto son los apellidos de algunos de los grandes pintores que nos ha dejado la Historia del Arte, de sobra son conocidos por su maestría para pintar y por su trayectoria artística. Diego, Francisco, Doménikos, Jacobo…Todos son hombres, ¿acaso las mujeres no han tenido interés por pintar a lo largo de la Historia?

Afortunadamente sí, hombres y mujeres han compartido su pasión por la pintura, la escultura y demás expresiones artísticas a lo largo de los siglos, pero pocas oportunidades hemos tenido de conocer a mujeres artistas antes del siglo XVIII, no porque no hubiera, sino porque el sistema patriarcal no se ha interesado por ellas, o como diría Bocaccio, porque el talento era virtud de hombres y rareza entre las mujeres.

En los últimos años esta invisibilidad está dando pasos a la recopilación de datos que nos acercan a estas mujeres creadoras, dónde vivieron, dónde se formaron, qué pintaron o esculpieron, para sorpresa de Bocaccio y de quien sigue justificando que las obras hechas por mujeres no se conocen por ser obras menores (como si esa justificación hubiera servido para obras de pintores –hombres- menores, que ahora decoran las mismas paredes que los grandes).

Como fuera habitual desde la Edad Media hasta el Romanticismo, donde se ensalzaba la individualidad y la idea de artista, a lo largo de la historia, ser pintor, escultor o grabador era un trabajo gremial y como tal solía hacerse en un taller familiar donde primero se formaban como aprendices y después trabajaban como ayudantes del maestro pintor principal. Hoy es sabido que en esos talleres trabajaron tanto hombres como mujeres, a veces emparentados entre sí, pues los lazos matrimoniales era algo frecuente entre los mismos compañeros. De esos talleres de pintura se conoce que mujeres e hijas de pintores formaron muchas veces parte del equipo, eso sí, en según qué condiciones dependiendo de la permisividad del padre o del marido, claro.

Hoy conocemos nombres como el de Juana Pacheco, Dorotea y Margarita Joanes Massip, Isabel Sánchez, hija de Sánchez Coello, María Eugenia de Beer, María Blanca hija del famoso Ribera, o la sevillana Josefa Ayala, por citar sólo algunos ejemplos. Todas ellas dependientes del taller familiar pero por supuesto, con talento, o al menos el mismo que se le presupone a los hombres para poder pintar. Se podrían citar muchas más como Ana María de Mengs o la propia María del Rosario Weiss, que quien conoce la biografía de Goya sabe que era como una hija para él y que también pintaba miniaturas. Como dice Ángeles Caso en su libro “Las olvidadas”, nombres de hijas o esposas artistas reconocidas por su valía propia se repiten por toda Europa. Lievina Teerlinck, Margarethe van Eyck, Antonia Uccello, Marietta Tintoretta…

El problema de estas mujeres creadoras, y hubo muchas más, es que la mayoría fueron borradas de la historia y sus obras fueron atribuidas con el paso del tiempo a sus padres, maridos o hermanos o simplemente a pintores de su misma escuela.

De entre todas estas mujeres quizás dos nombres resuenen más porque muchas de sus obras han perdurado o por la recopilación de documentos que hablan de ellas: Sofonisba Anguissola, que llegó a trabajar en la Corte de Felipe II como compañera inseparable de la reina Isabel de Valois como retratista enmascarada de dama de compañía, porque en la Corte había que guardar las formas o la famosa Artemisia Gentileschi cuya obra durante mucho tiempo fue atribuida a su propio padre, pero de la que hoy podemos decir, es una de las grandes artistas del siglo XVII.

Escultoras como Luisa Roldán, Properzia de´Rossi, pintoras como Rachel Ruysch, Elisabeth-Sophie Chéron… ¡¿Seguimos?!

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¿Un objeto cotidiano puede tener valor artístico?

Dentro de un año se celebra el centenario de una de las obras de arte más revolucionarias del siglo XX y seguramente de toda la Historia del Arte, La Fuente de Marcel Duchamp, que quizá os suene más como el urinario de Duchamp, un retrete sacado de su espacio habitual y expuesto en una galería como objeto de arte. Estamos hablando de una obra creada hace ya cien años, momento de convulsión artística surgida de un contexto social, político e histórico en los márgenes de no una sino dos guerras mundiales. En aquel momento las vanguardias buscaron una dimensión política de las creaciones, buscando nuevas funciones y valores del Arte y configurando otras relaciones de poder. Luchar contra las tradiciones, ejercitar la libertad individual de expresión y entregarse a lo experimental y la innovación fueron algunas de las características que acompañaron obras tan polémicas como la de Duchamp, pero cien años después ¿todo vale en el mundo del Arte?

Entre el 24 y el 28 de febrero se celebra una vez más en Madrid ARCO, una de las ferias de Arte Contemporáneo más controvertidas por las polémicas que suscitan las obras que en ella se presentan cada año. Ya en 2007 fue noticia un cuadro pintado por niños de tres años y colgado a escondidas  por un programa de televisión para grabar las opiniones de los asistentes, pero esta no es la única polémica que acompaña a la feria. El año pasado el artista cubano Wilfredo Prieto suscitó admiración y crítica por igual con su vaso de agua medio lleno, o medio vacío, según se mire. Pero, ¿realmente un vaso de agua puede ser objeto de arte?

Si encuadramos el retrete de Duchamp en su contexto socio-histórico podemos entender la nueva dimensión que éste y otros artistas dieron a objetos cotidianos, pero un siglo después, todo esto se repite. ¿Copia? ¿Originalidad? ¿Cara dura?

Quizá el problema de este tipo de obras no resida en su valor como objeto de arte, pues en el espectador queda la libertad de sentir emoción, repulsa o admiración ante cualquier objeto o supuesta manifestación artística. Quizá el problema resida realmente en la comercialización que se hace del nombre del artista. Y es que el precio del vaso de agua de Wilfredo Prieto no es baladí, pues estamos hablando de 20.000 euros que como bien dice el artista, es una obra que él mismo puede reponer. Está bien polemizar, trascender, innovar, pensar que esta obra es conceptual, pero atendiendo más al placer o displacer de los espectadores y no tanto a un tema de oferta y demanda del mercado. Si Wilfredo Prieto no hubiera estado apadrinado por una de las galerías internacionales más potente del momento, ¿estaríamos hablando del vaso de agua?

Veamos qué nos depara este año la feria…

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Hasta pronto Munch.


Desde octubre y hasta mediados de enero el Museo Thyssen de Madrid ha expuesto en sus salas, obras del pintor y grabador expresionista noruego Munch (1806-1944) con el título “Edvard Munch. Arquetipos”, una exposición que ha recogido ochenta obras del artista donde se muestran los distintos arquetipos emocionales como el amor, el deseo, los celos, la ansiedad o la muerte y estados anímicos como la melancolía, la pasión y la sumisión. Munch solía decir de sí mismo que de igual manera que Leonardo da Vinci había estudiado anatomía humana y diseccionado cuerpos, él intentaba diseccionar almas. Pero ¿Cómo lo consiguió a través de la pintura?

Podemos decir que el motor de su vida fue siempre el arte. Para Munch las emociones se elevaban como arquetipos de la vida anímica del hombre moderno, incluso de la propia condición humana. Para poder expresarlo a través del arte, Munch dejaría de pintar la realidad visible y objetiva para representar la naturaleza como reflejo de las emociones más profundas. Supo reflejar la melancolía, el miedo aterrador del ser humano a la muerte, el pánico o la angustia a través del material usado y especialmente, a través de la textura, el empaste, la pincelada y el color. Pero también Munch en sus obras dio cabida al amor, aunque fuera mirando el lado oscuro y la tensión entre éste y el dolor. Obras más vitalistas y alegres acompañarían su tormentosa vida, aunque siempre acompañadas de un intenso y profundo pasado.

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El rey bebe ¡Feliz 2016!

¿Quién no ha estado en una de estas cenas familiares?  Que si comida a espuertas, que si los primos beben más de la cuenta, que si el hermano de mamá se arranca a tocar la gaita… Por no olvidar al nuevo miembro del clan que se hace pis un segundo antes del brindis del abuelo. Al anciano le ha tocado el haba de la torta y le han nombrado rey en la velada, que de buen humor y coronado, levanta el vino un tanto sonrojado y achispado.

Con esta escena popular  “El rey bebe” de Jacob Jordaens de 1640 queremos desde PlanVe brindar y dar la bienvenida al nuevo año con alegría.

La imagen en realidad representa la noche de vigilia de la Epifanía en Flandes, cuando se reúnen la familia y los criados para esperar la llegada de los Reyes Magos comiendo, bebiendo y riendo. Como manda esta tradición, se nombra con corona de papel al rey de la familia que ha sido el afortunado de encontrar el haba de la torta que forma parte del festín y quien reparte entre los demás sus propios cargos “cortesanos”. Unas ríen, otros cantan, hay quien aprovecha para desfasar, y arriba del todo un cartel que dice “Es bueno estar invitado, si no hace falta pagar” aludiendo a todos los gorrones de la fiesta, que no son pocos, pues el convite está pagado ya.

Técnicamente Jacob Jordaens ha hecho una escena muy abigarrada, con muchos personajes y muy dinámica.  Busca un sentido desordenado de la composición para representar la euforia y la alegría de los asistentes a la reunión. Hay tumulto, hay jaleo, hay expresión en cada gesto, todos juntos y exaltados compartiendo la coronación del rey anciano, del rey abuelo.

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